15 de mayo de 2016

Qué hacemos para proteger a Imelda Daza

El atentado contra Imelda Daza el pasado 6 de mayo, fue la comprobación de que un país en paz como el que soñamos, no será posible ya que los enemigos de la misma, agazapados o de frente, ni han cambiado ni cambiarán ni les interesa que acabe el negocio de la guerra de donde proviene su poder. 

Y sentí mucha vergüenza con Imelda Daza por no poder ofrecerle después de tantos años un país mejor y mucha impotencia por carecer de los recursos y el poder necesarios para no perder de una vez por todas una colombiana ejemplar.

Imelda Daza. Foto tomada de El Heraldo


Y es que la historia de esta mujer conmueve por su valor, su inteligencia y su capacidad de perdonar.

Nació en Valledupar en el año 48, estudió economía en la Universidad Nacional en Bogotá, y una vez culminado sus estudios regresó a su natal Valledupar donde en la Casa de la Cultura, conoció a Ricardo Palmera también economista de las élites del Cesar, y junto con él y otros amigos fundó la Universidad Popular del Cesar, el movimiento cívico Causa Común, militaron en el Nuevo Liberalismo junto a Galán, Rodrigo Lara Bonilla, la “Cacica” Consuelo Araújo, y participaron en la fundación de la Unión Patriótica UP, movimiento que surgió en 1984 durante el gobierno de Belisario producto de la negociación con las FARC en ese entonces.

Imelda salió electa concejal de Valledupar en las elecciones de 1986, pero no pudo ejercer como tal ya que una semana después del lanzamiento de la UP empezó la violencia contra sus integrantes, con amenazas constantes, seguimientos ilegales, asesinatos sistemáticos, lo cual hizo que de siete concejales y un diputado electo en esas votaciones solo sobreviviera ella quien optó por el exilio.

Viajó primero a Bogotá donde José Antequera le mostró la lista de los próximos que serían asesinados en Valledupar, entre los que figuraban ella, Ricardo Palmera y todos sus amigos. Luego de llamar a Palmera para suministrarle esta información, salió con su marido y sus tres hijos primero a Perú y luego a Suecia donde permaneció en el exilio desde 1987.

 
Palmera optó por la lucha armada con las FARC y se convirtió en Simón Trinidad, encarcelado desde hace doce años en Estados Unidos.

13 de sus amigos murieron asesinados, junto con 125 militantes de la UP en el Cesar. La UP fue exterminada cobrando la vida de más de 3.000 militantes de izquierda, defensores de derechos humanos y líderes de diversas corrientes, asesinados por pensar diferente, por pretender la paz y la reconciliación de Colombia.

Imelda sobrevivió al exilio en ese frío pero desarrollado país dónde  educó a sus hijos y supo lo que es un estado social donde es real el respeto y la tolerancia. Allí sí logró ser concejal por el Partido Social Demócrata durante 14 años.

Como siempre soñó con volver, regresó en 2014 ilusionada por los vientos de reconciliación y participó en la contienda por la gobernación del Cesar con una serenidad envidiable, sin prevenciones o resentimiento. Basta ver su abrazo con el candidato del uribismo a la gobernación para comprender de qué está hecha esta mujer.

Y ocurrió entonces el pasado 6 de mayo el atentado, ante lo cual me pregunto ¿qué le vamos a ofrecer a Imelda Daza diferente a la lucha armada y al exilio?

Será que ¿la dejamos al arbitrio de los señores del CD, ahora de la resistencia civil contra los acuerdos de paz, para que la juzguen por “terrorista”, “guerrillera disfrazada de civil”, o del “frente intelectual de las Farc”, y con ello justificar el atentado?   

O ¿vamos a dejar su seguridad en manos de los generales de la República como el pacificador Rito Alejo o como aquel que pedía litros de sangre?

O simplemente dejamos que muera como un número más con el silencio cómplice de RCN y Caracol TV, dedicados por estos días a incentivar el odio a la guerrilla (eso del perdón y de la reconciliación no es con ellos) y a Maduro, o en las fauces de Julito y don Darío con sus clases matutinas de moral y ética en defensa de sus intereses, y para quienes el paramilitarismo, la Mano Negra y el Baile Rojo, no existen.
Imelda y su esposo Flavio. Foto tomada de El Heraldo

Si queremos ofrecer a todas las Imeldas y a todos los Palmera una opción distinta al miedo, al odio y al resentimiento que generan la violencia, nos llegó la hora de actuar a todos los colombianos.

Porqué sí, aquí todos somos responsables de la guerra y sus horrores, por nuestra indiferencia, por nuestra cobardía, por ignorar a propósito nuestra historia, por tolerar a los violentos, por hacernos los de la vista gorda, por perpetuar nuestros odios o por no tener el valor de detener a aquellos que, con sus mentiras, mala fe y desinformación han hecho de este país uno de los más violentos del mundo.

Si no hacemos un alto en el camino y detenemos a los perpetuadores de la guerra y a sus áulicos, si no los censuramos de alguna forma, este país es inviable.

Si no le ofrecemos a Imelda Daza Cotes una posibilidad y garantías para realizar sus sueños y repatriar a sus hijos a esta tierra que tanto ama, no tendremos una segunda oportunidad sobre la tierra.

Margarita Obregón








8 de mayo de 2016

30 de abril de 2016

Neruda y Vargas Llosa: sentimientos que hacen la diferencia



Se dice que en la mesa y en el juego se conoce al caballero. Y yo diría que el alma de los seres humanos se conoce en las separaciones y divorcios.

Y esto lo confirma el novelón protagonizado por el escritor y Premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa, la socialité española Isabel Preysler y Patricia Llosa quien fuera su esposa desde 1965.

El peruano, luego de celebrar, en junio de 2015, sus 50 años de casado con Patricia en New York con toda su familia, acudió a la semana siguiente a la cena de Porcelanosa en Londres en compañía de Isabel Preysler, donde evidenciaron su romance y desde entonces no hay día que los medios de comunicación no publiquen noticias y fotos de la pareja en cuanta alfombra roja y evento del jet set internacional tenga lugar.


Una exposición mediática exagerada e innecesaria para un intelectual de su talla, que los concibo por sobre todo en compañía de sus libros, con una vida privada muy privada y que solo se dan a conocer al público a través de su obra.

Pero en fin, cada uno vive como quiere y hay romances de romances, infidelidades de infidelidades, y rompimientos de rompimientos. Y este me trajo a la memoria una de esas historias de amantes que me conmovió en mi juventud y que tuvo como centro la publicación de la primera edición de “Los versos del Capitán”.

En 1952 Pablo Neruda, aún casado con la argentina Delia del Carril, se encontraba en el exilio en Europa y vivía un apasionado romance con la chilena Matilde Urrutia a espaldas de su mujer.

Por cuenta de esa pasión, Neruda va escribiendo poemas en cuanto papel encuentra y los va enviando a su amante que los guarda como tesoro. Con el correr de los días y ante el valor literario de sus escritos, con la complicidad de Paolo Ricci y un círculo de amigos íntimos del poeta en Italia, deciden publicarlos como libro de autor anónimo que llamarían “Los versos del Capitán”.

Matilde Urrutia y Pablo Neruda

Esta primera edición de 44 ejemplares, tenía como introducción un texto hermosísimo firmado por Rosario de la Cerda (escrito por Neruda y Matilde) donde explicaba que aquellos eran poemas escritos para ella por un capitán que venía de la guerra española y que relataban su gran historia de amor.   

En noviembre de 1963, ya separado de Delia del Carril y consolidada su relación con Matilde Urrutia como su tercera y última compañera, Neruda reconoce la paternidad del libro y explica: ¿Que por qué guardó su misterio por tanto tiempo? Por nada y por todo, por lo de aquí y lo de más allá, por alegrías impropias, por sufrimientos ajenos.

Y después en “Confieso que he vivido”, sus memorias póstumas, cuenta:
La única verdad es que no quise, durante mucho tiempo que esos poemas hirieran a Delia, de quien me separaba. Delia del Carril, pasajera suavísima, hilo de acero y miel que ató mis manos en los años sonoros, fue para mí durante dieciocho años una ejemplar compañera.

Delia nunca perdonó esta infidelidad, pero siempre me conmovió esta historia, porque a pesar de la deslealtad que de por sí significaba el amor prohibido, estaba llena de respeto, de delicadeza y de compasión por el otro.

Y fue inevitable la comparación con el rompimiento de Vargas Llosa y Patricia. 

Luego de conocer el romance con Isabel Preysler por los medios de comunicación, Patricia explicó a través del Twitter de su hija Morgana que ella y el escritor seguían juntos:

Mis hijos y yo estamos sorprendidos y apenados... hace apenas una semana estuvimos con toda la familia en Nueva York celebrando los 50 años de casados y la entrega del doctorado en la Universidad de Princenton. Les rogamos respeten nuestra privacidad. 

Celebración de 50 años de casados del matrimonio Vargas Llosa

Días después el escritor la desmintió. Y siguió sonriente, enrostrándole su nuevo amor de página social en página social…

¡Sin palabras!

Hubiera preferido no conocer esta versión del indolente octogenario sometido a los flashes y a su vida del jet set como cualquier lagarto y haberme quedado con el Vargas Llosa de “La ciudad y los perros”.

Prefiero un rompimiento a lo Neruda que me haga llorar, no de la desilusión por conocer la mezquindad de su alma, sino porque perdería a un hombre en toda la extensión de la palabra y que además es capaz de escribir los más hermosos poemas que en lengua castellana se le puedan dedicar a una mujer. Para la muestra la primera estrofa de uno de ellos:

LA REINA

Yo te he nombrado reina.
Hay más altas que tú, más altas.
Hay más puras que tú, más puras.
Hay más bellas que tú, hay más bellas.
Pero tú eres la reina.
Cuando vas por las calles
nadie te reconoce.
Nadie ve tu corona de cristal, nadie mira
la alfombra de oro rojo
que pisas donde pasas,
la alfombra que no existe.


Margarita Obregón






24 de abril de 2016

Ni gobernantas ni miserablas




Por estos días volvió a mencionarse en las redes sociales el llamado de atención que hace la Real Academia Española (RAE) al uso, a su juicio inapropiado, del “todos y todas” y en general sobre el desdoblamiento artificial del lenguaje con el fin de evitar el sexismo.

Leí el documento que dio origen a la recomendación de la RAE, elaborado en 2012 por Ignacio Bosque, llamado “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer” aprobado en forma unánime por los académicos, entre ellos Luis Goytisolo y Arturo Pérez-Reverte. En general debo decir que comparto su contenido.

Reconozco la existencia del lenguaje sexista y excluyente utilizado de manera abierta o con mucha astucia por aquellos que ven en el machismo una forma de perdurar su poder y también por aquellas que sacan réditos de ese machismo (recuérdese la senadora Liliana Rendón: si me pegó fue porque yo me la gané)

Al igual que Teresa Cabré (El Sexismo que ocultan las palabras), considero que el sexismo no es un problema gramatical sino social y que la gramática evoluciona sin necesidad de forzarla artificialmente.

No creo que la esencia de la lucha por la igualdad de género esté en desdoblar el lenguaje artificiosa y ridículamente en femenino y masculino o usando sistemáticamente palabras neutras para evitar el sexismo y menos en nuestro día a día.


Particularmente nunca me he sentido discriminada por el lenguaje porque desde siempre entendí el uso del masculino como genérico en el idioma castellano. Ya de por sí me parece extraño el desdoblamiento en lo que hace a las profesiones aceptado por la RAE. En los sustantivos neutros no veo la necesidad de decir jueza, presidenta, gobernanta si hubiéramos podido decir sencillamente la juez, la presidente, la gobernante. Para eso son los artículos determinantes ¿o no?

Tiene razón la RAE en la nula practicidad del desdoblamiento genérico pues sería agotador hablar de esta manera y para la muestra este párrafo que encontré en Internet:

Señores y señoras, estamos hoy reunidos, profesores y profesoras, para iniciar unas conferencias donde todos y todas, miembros y miembras, podamos opinar…

Tampoco creo que se trate de usarlo de manera rigurosa en los textos o alocuciones oficiales y si no miren la dificultad para leer este fragmento de la constitución de la República Bolivariana de Venezuela citado en el informe de Bosque:

Sólo los venezolanos y venezolanas por nacimiento y sin otra nacionalidad podrán ejercer los cargos de Presidente o Presidenta de la República, Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Presidente o Presidenta y Vicepresidentes o Vicepresidentas de la Asamblea Nacional, magistrados o magistradas del Tribunal Supremo de Justicia, Presidente o Presidenta del Consejo Nacional Electoral, Procurador o Procuradora General de la República, Contralor o Contralora General de la República, Fiscal General de la República, Defensor o Defensora del Pueblo, Ministros o Ministras de los despachos relacionados con la seguridad de la Nación, finanzas, energía y minas, educación; Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de los Estados y Municipios fronterizos y de aquellos contemplados en la Ley Orgánica de la Fuerza Armada Nacional.

Creo que las recomendaciones para evitar el sexismo en el lenguaje son válidas, pero se deben seguir solo en determinados contextos y para hacer énfasis en ciertas situaciones, nunca de manera sistemática.

En mi caso, prefiero gastar toda mi energía en conquistar la igualdad salarial, la igualdad de oportunidades para acceder a los cargos de responsabilidad, trabajar para que se acabe la violencia doméstica, los brutales feminicidios, apoyar a las madres cabeza de familia, educar a los hijos en el trato igualitario e incluyente sin distinción de géneros y con mente abierta frente a la diversidad. O lo que es más básico, en Colombia, seguir educando a muchos señores que de manera increíble no han derogado de sus mentes la potestad marital, no obstante que la Ley 28 de 1932 le dio plena capacidad civil a la mujer para disponer y administrar los bienes de su propiedad, sin limitación de ninguna especie.

Por ahora y mientras la gramática sigue su curso normal, prefiero decir “yo pienso” y no “una piensa” y no me sentiré una “miserabla” por negarme a implementar este lenguaje artificial pues en estas épocas del postconflicto en Colombia terminaríamos hablando de los actores y las actrices del conflicto armado.

Brutal!


Margarita Obregón





    




16 de abril de 2016

Lo que nos queda de Amy Winehouse



Hace algunos años me maravillé con Amy Winehouse, la joven británica, nacida el 14 de septiembre de 1983, compositora y cantante que mezclaba jazz, blues, soul y ska, que con una extraordinaria voz de contralto e impactantes interpretaciones, nos recordaba a grandes cantantes como Aretha Franklin o Ella Fitzgerald, y nos obligaba a oírla, aún a los neófitos en esos géneros musicales.



Seguí su carrera, sus discos, sus numerosos premios (6 Grammys, 5 de ellos por su álbum Back to Black) y cada aparición. Pero con el correr de los días me enteraba más sobre su vida personal que sobre su vida artística, ya que la prensa nos tenía muy al tanto de su adicción a las drogas y al alcohol, su bulimia, sus escándalos, rehabilitaciones fallidas, hasta que finalmente supe de su fallecimiento el 23 de julio de 2011.

Se quedó en la memoria de mi corazón su profunda voz y las letras de sus canciones que daban cuenta de una intensa vida, a pesar de su corta edad, marcada por su necesidad de ser amada y sus complejas relaciones.

Revisando las películas ganadoras de los premios Oscar 2016 encontré el documental “Amy”, dirigido por el cineasta británico Asif Kapadia, que ganó este premio como Mejor documental y a la vez otros grandes premios de cine como los Bafta, los Critic’s Choice Awards y los PGA Awards que lo galardonaron en la misma categoría.

El documental cuenta su vida, sus triunfos y su muerte, tras sufrir un colapso ante el síndrome de abstinencia, a través de videos, en su mayoría caseros, y testimonios de sus más cercanos, con bastante objetividad, pues en la mayor parte de sus 2 horas y 8 minutos, están presentes la voz y la imagen de Amy y de sus allegados de manera espontánea.

El filme es impactante y muestra lo peor de nuestra sociedad representada por la ambición de su padre y sus productores, la oscuridad de su marido y el amarillismo de los medios de comunicación frente a una artista muy joven (a los 16 años obtuvo su primer gran contrato) queriendo enfrentar sola el mundo, a su modo, ante el divorcio de su padres, y a su vez divertida, inteligente, de excepcional talento, con innegables ganas de vivir, con una impresionante cultura musical, hipersensible, lo que la hizo muy vulnerable en ese entorno y no apta para manejar los embates de la fama.

Se puede ver al padre, Mitch Winehouse, adorado por la cantante, pero que no tuvo escrúpulos para explotarla aún en sus peores momentos. Asombra ver la escena en la isla de Santa Lucía, a donde Amy había huido para recuperarse, cuando Mitch llega a visitarla en compañía de periodistas y camarógrafos que la invaden sin el más mínimo respeto por su privacidad.


Allí también descubrimos a su marido, Blake Fielder-Civil, que en los inicios de su relación  rechaza a la cantante, la introduce en las drogas duras, la arrastra hasta el infierno y al final, después de su muerte, da su testimonio, aparentemente “limpio” en todos los sentidos, con cara de yo no fui, en violento contraste con esos videos que muestran a la pareja en total decadencia, drogados y fuera de sí, luego de sus veladas de excesos.

Desolación y ganas de que todo acabe cuando se ve la escena del concierto de Amy en Belgrado, totalmente ebria, abucheada por el público, y oír luego al productor que la obligó a cantar, cuando expresa que “mi función era hacer que cumpliera el contrato” sin reparar en la fragilidad de ese ser humano que ya había tocado fondo.  

Y qué decir de la rabia que producen los flashes acosándola continuamente y reventando sobre todas sus debilidades.

Y en medio de todo este drama humano, se nos revelan la emoción de sus éxitos, la gente que sí luchó por ella, su talento, y sus canciones que aparecen y desaparecen a lo largo del documental como un “yo acuso” recordándonos lo que nos hubiera podido deleitar de no haber sido por la voracidad de esta sociedad que con sus antivalores de éxito y dinero se traga a estos seres excepcionales hasta matarlos, sin que ello importe pues después de su muerte, igual, todos siguen viviendo de sus regalías.




Un duro documento y una semblanza para reflexionar, retrato de nuestros tiempos que de un lado nos reafirma que Amy Winehouse siempre estará vigente por su maravillosa voz, por sus conmovedoras interpretaciones, y al mismo tiempo nos llena de remordimientos por permitir que la fama haya precipitado su partida. 


Margarita Obregón