Por Margarita Obregón
Si algo aprendí dese pequeña, fue mi derecho a preguntar, a interpelar, a dudar, a conocer a fondo razones y motivos, y a pensar diferente a cualquier a otro que tuviera enfrente, sin que ello significara que fuera rara, ni estuviera violando ninguna norma social o legal, ni cometiendo un delito por tener un punto de vista distinto a la mayoría.
Crecí y me
formé en un ambiente familiar, estudiantil y laboral, donde la regla era
construir desde la diferencia, porque así sacábamos lo mejor de cada uno, y la
solución, no siempre perfecta, por lo menos satisfacía a todos porque ese
proyecto o idea algo tenía de cada uno y ahí nos podíamos reconocer.
El
autoritarismo lo conocí no tan de cerca -no me tocó directamente- en los
colegios y en la Universidad, pero por fortuna luché contra ellos y cuando fue
incontenible me alejé. Igual en mi vida laboral. Tuve jefes maravillosos que
ahondaron mi capacidad de escucha, de ponerme en los zapatos del otro, para, si
no compartir sus ideas, entender y respetar a esos otros con los que no coincidía;
también estuve ante un par de jefes autoritarios e irrespetuosos de los cuales
hui, ante la impotencia por el poder que ejercían y para no presenciar sus
atropellos.
La vida me
enseñó que todo ser humano tiene una razón de ser, un motivo para ser de tal o
cual manera, y si bien no lo justifica, por lo menos si lo explica. Y ese entendimiento me lleva al respeto.
Por ello,
hoy por hoy, me cuesta mucho trabajo entender la expectativa de la mayoría de
gente que ya no habla si no que pontifica porque parte de la base que todos
pensamos de la misma manera y ¡ay de aquel que se atreva a no coincidir!
Interpelar o tener otro punto de vista nos hace instantáneamente ser arrojados
el grupo de los parias. El diálogo se acabó, el interés por el otro, por
escuchar su punto de vista se ha extinguido, ha terminado, eran, según parece,
cánones y costumbres de otros tiempos que ahora parecen remotos.
Ya no hay
argumentos solo consignas, no hay por ejemplo discusión sobre diferentes formas
de manejar el Estado, hay insultos, calumnias, y toda clase de epítetos que
solo demuestran ignorancia. Que es borracho, drogadicto, homosexual, HP, que
tiene los dientes podridos, ojibrotado, rata, vago, marihuanero, mantenido,
traqueto, narcoparamilitar, periquero, parásito, apátrida y basta entrar
a cualquier red social para leer comentarios de contrarios, y encontrar una
lista interminable de estos agravios. Pasamos del pensamiento crítico explicado con argumentos a las consignas.
El Internet y las redes sociales están acabando con nuestra
capacidad de razonar y de dialogar, con la pluralidad de pensamiento y de
visones, que son el pilar fundamental de las democracias. Por eso el fascismo
ha vuelto y los dictadores se instalan tan fácil en todos los continentes,
porque es muy sencillo controlar a la manada con la tecnología a su servicio.
En Colombia no estamos exentos de esto y ya se escuchan de nuevo vientos de guerra, y el regreso prácticas y políticas que costaron tantas vidas y tanto sufrimiento. No hay razones, solo slogans y el llamado a que todos pensemos igual so pena de ser declarados enemigos dignos de destripar.
Fuimos más de 12 millones de personas que no compartimos ese pensamiento, ni ese modo de exhibirse, ni ese estilo de vida y que no queremos ser parte de esa manada; solo pretendemos reivindicar nuestro derecho a pensar diferente a quienes quieren imponer un único discurso.
Tenemos que resistir y luchar hasta las últimas
consecuencias para que nuestros relatos, proyectos y soluciones se construyan
desde la diferencia. Es la única manera de formar a nuestros jóvenes para soñar
con una vida esperanzadora para las futuras generaciones y verdaderas
democracias.

