14 de marzo de 2019

Greta Thunberg y su huelga mundial escolar


Si por estos días los colombianos sentimos que el país va para atrás, se esfuma nuestra esperanza, o al menos tenemos ganas de decir que esto es una “republiqueta” por el ataque despiadado del actual gobierno y el partido que lo respalda a la incipiente paz, deberíamos mirar e inspirarnos en la adolescente sueca Greta Thunberg que se ha convertido en pocos meses en una líder mundial en su lucha por el cambio climático.

Greta y su familia

Hija de Svante Thunberg y Malena Ernman, una cantante de ópera sueca, Greta, con una sensibilidad propia de los grandes líderes, después de ver unos vídeos en su colegio sobre el cambio climático que la impactaron hasta llevarla a la depresión a los 11 años, tomó conciencia de este fenómeno y empezó su lucha con pequeñas acciones para detener esta catástrofe. Y siguiendo este camino, el 20 de agosto de 2018, a sus 15 años, emprendió su protesta frente al parlamento sueco, que en sus inicios se prolongó durante 3 semanas, con el fin de que su país diera cumplimiento al Acuerdo de París.  


Al principio fue un reclamo en solitario pero su decisión de continuar la huelga todos los viernes y a medida que se conocía en todo el mundo esta se fue extendiendo a otros jóvenes través de las redes sociales y en las calles de un sinnúmero de ciudades europeas y australianas, en lo que hoy se conoce como "Viernes para el futuro" o #FridaysForFuture, que este 15 de marzo completarán su semana 30.



De manera simultánea y ante el despliegue de la huelga y de las marchas inspiradas en ella, Greta fue invitada en noviembre de 2018 por el TEDTalk a dar su charla, asombrando a todos aquellos que escucharon y escuchan su maravilloso discurso que ya alcanza el millón de reproducciones.


El impacto suyo fue tan grande que fue invitada a la Cumbre del Clima COP24 de Naciones Unidas celebrada en Katowice (Polonia) en diciembre de 2018, donde se puede decir que conmocionó a todos quienes la oyeron y vieron. La claridad y contundencia de su discurso con el fin de concientizar a los gobiernos para luchar contra el cambio climático, el tono suave de su voz de adolescente y su menuda figura enmarcada dentro de un par de largas trenzas, no pudieron ser más impactantes. Ese fue tal vez el momento en que muchos interesados en el tema en diversas latitudes la descubrimos y empezamos a seguirla.



En enero pasado fue invitada al World Economic Forum en Davos y hace unas semanas a Bruselas donde intervino ante el Comité Económico y Social de la Unión Europea. Su impacto ha sido tan grande que el pasado 7 de marzo fue destacada como la mujer del año en Suecia y ayer 13 de marzo fue candidatiza para el premio Nobel de Paz.

Al mismo tiempo como la huelga y las marchas se han extendido por numerosas ciudades del mundo, Greta asiste a muchas de ellas -a las que viaja en tren debido a las altas emisiones de CO2 de los aviones- donde miles de estudiantes, activistas de todas las edades y ciudadanos comunes la acompañan en su lucha.



Para mañana viernes 15 de marzo ha convocado una huelga escolar mundial en la que ya están inscritas 1325 ciudades y 98 países (se espera que superen los 100), incluido Colombia, según se encuentra en el registro de la misma.



Frente a las horas aciagas de Colombia y nuestra lucha por defender la paz, no está de más tener como referente a Greta Thumber, y emularla en sus acciones protestando con contundencia, exigiendo nuestro derecho a terminar la guerra, a la verdad, a la reparación integral de las víctimas y cerrar el capítulo de odios y venganza, salir a las calles, marchar, protestar, protestar y protestar, y demostrarles a quienes nos quieren devolver al pasado en cada manifestación virtual o presencial que tal como dijo Greta en Polonia, estamos aquí  “para hacerles saber que el cambio está llegando, les guste o no” y que “el verdadero poder pertenece a la gente”

Margarita Obregón








13 de enero de 2019

Ilusiones para tiempos sombríos


Por estos días, para no decir por estos años, muchos colombianos nos sentimos agobiados con todo lo que sucede a diario en nuestro país, y con frecuencia nos ronda la idea de abandonar estas tierras, desconectarnos totalmente para olvidar tanta injusticia y tanta canallada a nuestro alrededor y ante las cuales solo tenemos nuestra impotencia.

Y es que quien no pierde la esperanza en un país donde el presidente, a quien le dimos el beneficio de la duda, se ha convertido en el hazmereir de tirios y troyanos, su lucha contra la corrupción parece ser solo de palabra, los asesinatos de líderes sociales que ya huelen a genocidio, aumentan, los paramilitares han regresado a sus antiguos dominios, los crímenes contra los menores no se esclarecen, sin mencionar las amenazas contra los periodistas y contra la protesta social, que presagian tiempos aún más oscuros.

Y cómo no ser el adivino de más desgracias, si el Presidente está secuestrado por las exigencias de su propio partido, que tiene claro su objetivo de devolver las cosas al lugar donde siempre han estado, para lo cual se han propuesto “hacer trizas los acuerdos de paz” controlando con sus alfiles más recalcitrantes las agencias del Estado cruciales para ello, y haciéndose los del vista gorda ante la tragedia humana que vivimos a diario, con el fin de que los que siempre han detentado el poder y la tierra, lo sigan haciendo de la misma manera y solo en su propio beneficio. Y en este propósito acompañados de lo que queda de los rancios partidos que no se resignan a perder sus beneficios, con una manada de fanáticos formada por ellos y unos ilusos electores que aún creen en sus promesas de discurso lleno de lugares comunes que nunca cumplen.

Pero hay una luz que se percibe cuando entendemos que los cambios llevan un tiempo que quizá no sea el nuestro, y que, en medio del caos, existen y surgen motivos para vislumbrar que es posible una transformación de nuestra sociedad. Y qué mejor remedio para nuestro desasosiego que encontrar esos motivos que nos inspiren para seguir actuando en busca de un mejor país.
Cómo no buscar inspiración en nuestros hijos, sobrinos y nietos para luchar por un mundo mejor. Y cómo no encontrar esa fuerza en cientos de comunidades colombianas que se han sobrepuesto a todas las violencias a pesar de sus muertos, o tal vez por ellos, para luchar por sus derechos, por la posibilidad de vivir dignamente y hoy buscan la verdad e impulsan proyectos de vida a las que sería imposible darles la espalda por nuestra desilusión y desesperanza.

Karina Valderrama, Santiago Caicedo, Álex Flórez, Alejandro Palacio y Jennifer Pedraza.Foto: Rodrigo Sepúlveda / EL TIEMPO


Y qué gran motivo de inspiración son esa nueva generación de líderes que nos están demostrando que son capaces de resistir y conseguir lo querido.

Y me refiero a los estudiantes que, a pesar de los señalamientos, infiltraciones, el ESMAD de siempre, la indiferencia del gobierno, amenazas de muerte, lograron un acuerdo con el gobierno que no solo aumentó el presupuesto para 2019 si no que permite fortalecer y definir una ruta para la educación superior pública del país en los próximos años. Y ahí siguen atentos como guardianes del pacto y promoviendo otras causas que a todos nos convocan como el exitoso plantón para exigir la renuncia del fiscal. Cómo no destacar y cómo no creer en una Jennifer Pedraza, en un Alejandro Palacio o en un Alex Flórez, que con su liderazgo le han dado sopa y seco a políticos, periodistas y contradictores y nos han enseñado a no desfallecer y que sí se puede, sin destilar odios y si con mesura y argumentos que entendimos y nos hicieron abrazar la causa de los estudiantes que rugen como los vientos cuando les meten al oído sotanas y regimientos.


Y me refiero también a esos activistas jóvenes que he conocido a través de Twitter como el caso de Mafe Carrascal, que emprendió la protesta contra el grupo Aval por los casos de corrupción de su socio Odebrech y toda la horripilante trama en la fiscalía, con contundencia y sin amedrentarse. Las amenazas y ataques no se han hecho esperar y provinieron primero de la vicepresidenta de la República, luego del Superintendente Financiero, y alguno que otro profesor despitado o a la orden de “Luis Carlos” que la acusaron infundadamente ante la fiscalía de causar pánico económico, cuando ni lo uno ni lo otro, pues si lo hubiera, ese sería causado única y exclusivamente por la mala reputación del grupo empresarial. Y esta joven se ha mantenido en su lucha ahí, con argumentos, y con un valor envidiable, a sabiendas de los monstruos de poder a los cuales se enfrenta. Cómo no tener esperanza viendo a esta guerrera.

Y si estamos con los “ojos abiertos y los oídos despiertos” seguiremos descubriendo jóvenes de su talla. Nada mejor entonces en estos tiempos sombríos que seguirlos, acompañarlos en sus luchas, aprender de ellos y renovar nuestra esperanza.











12 de agosto de 2017

El poder de las cosas pequeñas

Es común por estos días un pesimismo acerca del futuro de Colombia, no obstante la paz firmada con las FARC, su desmovilización y desarme, y por sobre todo la disminución sustancial de víctimas de esta violencia.

Nada parece ser suficiente para los amantes de la guerra quienes se han encargado de invadir los noticieros, con contadas excepciones, y las redes sociales con sus discursos de odio, empeñados en la venganza, la intolerancia y amenazando con el extermino, en sentido estricto o figurado, de todo aquel que piense diferente y no siga su juego.

Las amenazas a Arjen Robben, el 10 del Bayern Munich, una vez conocida la noticia del traspaso de nuestro James a ese equipo, exigiéndole la entrega inmediata de la camiseta a nuestro capitán, cuando ni siquiera había pisado suelo alemán, y la difamación de que fue objeto Daniel Samper Ospina por parte de Uribe y el consiguiente enfrentamiento lleno de bajezas en las redes sociales, son solo un ejemplo del ambiente que se vive en el país.

Muchos hemos optado por no ver noticieros y acudir a otras fuentes de información y muchos también han huido de las redes sociales ante tanta violencia e ignominia que corre por esos lados.

La próxima campaña presidencial se vislumbra peor de lo que siempre ha sido y sin duda más que a programas de gobierno apelarán a nuestros bajos instintos y por eso, desde ya, se vive un ambiente turbio donde se ha legitimado el uso de noticias falsas, calumnias, y acusaciones mutuas de que el contrincante nos llevará a la situación de caos que vive Venezuela por estos días. Y todos esperando que su respectivo mesías, nos salve de la hecatombe, como si en los últimos 200 años no hubiéramos estado gobernados por los mismos, que se reinventan con la etiqueta del poderoso del momento.

Circo Teatro El Zaguán- Mocoa, Putumayo

Por fortuna, muchos colombianos con sensibilidad social, con mente abierta y alma generosa han venido trabajando de la mano con las comunidades, con la población más vulnerable, desarrollando proyectos maravillosos, fuente de inspiración para todos, que dignifican al ser humano, que de verdad transforman vidas y fomentan nuestra esperanza. Estos colombianos han comprendido que si bien el Estado es la columna vertebral para la transformación que le urge a Colombia, la empresa privada y la sociedad civil son el motor de esta evolución.

No podemos esperar de brazos cruzados a que los políticos mejoren nuestro país. Solo un cambio de mentalidad y la suma de nuestros esfuerzos podrá lograrlo. Parodiando a Kennedy, es hora de preguntarnos, no, qué puede hacer Colombia por nosotros, sino qué podemos hacer nosotros por Colombia.

Si la mayoría quiere la paz, quiere que haya igualdad de oportunidades, inclusión, respeto por la diferencia, que se reduzca la pobreza y la desigualdad, si estamos de acuerdo con el desarrollo sostenible y el respeto por los derechos humanos, es el momento de la reflexión individual acerca de aquello que le da sentido a nuestra vida y actuar en consecuencia. Es la hora de sublevarnos frente a los políticos que respaldamos y de comprender que esta pelea a muerte por defender sus banderas y sus intereses no tiene sentido.

Si nos identificamos con esa visión de país, es mejor construirlo con nuestra creatividad, desde nuestros espacios, nuestras comunidades, nuestros vecindarios que seguir odiándonos en las redes sociales. Ejemplos que nos inspiren, hay muchos.  Basta consultar el reciente video de la Pulla, patrocinado por Cerveza Águila, para conocer además de sensacionales colombianos, varias de estas iniciativas y tener la certeza de que es posible y que existe una forma diferente de abordar nuestros problemas y nuestra realidad.


A estas acciones inspiradoras, se suman muchas otras como la del chef Juan Manuel Barrientos con su Fundación El Cielo, que ha capacitado y vinculado a sus restaurantes a cientos de soldados heridos en la guerra, ex guerrilleros y ex paramilitares, para prepararlos para la vida fuera del conflicto armado y también para que se reconcilien y perdonen con sus antiguos enemigos. O la también chef Leonor Espinosa que a través de su fundación trabaja con las comunidades colombianas y las beneficia mediante la reivindicación de sus tradiciones gastronómicas. O el maravilloso caso de Johana Bahamón con su restaurante Interno, en la cárcel de San Diego de Cartagena, atendido por mujeres privadas de la libertad en ese establecimiento. Y así cientos, por no decir miles de colombianos que le están apostando a una visión positiva y esperanzadora de país y han decidido actuar.

Por ello, además de votar a conciencia en las próximas elecciones, si queremos de verdad cambiar este país y hacerlo mejor, no esperemos a que el gobierno de turno lo haga, sigamos estos ejemplos. Yo estoy convencida de lo que dijera Eduardo Galeano*:


Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo.  


Margarita Obregón



*Se le atribuye su autoría





23 de abril de 2017

Pánico a la verdad

Lo presentíamos, lo deducíamos, se les notaba, pero para muchos aún no era tan claro. Ahora ya no quedan dudas.

El principal motivo de los enemigos del proceso de paz con las FARC, no es el “castro-chavismo” ni la entrega del país a esta guerrilla, ni a los ateos ni a los homosexuales. Ellos saben perfectamente que esto no es cierto ni será posible en este país de derechas y de fanáticos religiosos. Su pánico, su terror, por el cual son capaces hasta de aliarse con el mismísimo demonio personificado en Donald Trump, es el miedo a la verdad.

A esa verdad histórica de la cual nos hemos venido enterando poco a poco, desde la Ley de Víctimas y gracias al Centro Nacional de Memoria Histórica CNMH. Sin embargo, aún falta mucho por aclarar y en muchos casos esta verdad no ha alcanzado a los autores intelectuales, a los instigadores, ni a los financiadores de la guerra y sus atrocidades.

Portada del informe Basta ya 

Por ello la Justicia Especial para la Paz JEP, tiene como premisa el esclarecimiento de la verdad en los crímenes que se cometieron durante la guerra y el reconocimiento de responsabilidad para obtener sus beneficios.

El pánico a esa verdad, es lo que ha llevado a los opositores del proceso a esgrimir el argumento de que ellos quieren “paz sin impunidad”, pero no hay tal. Para los desmovilizados de las FARC, ya acusados y responsables ante la opinión pública de lo que cometieron y lo que no cometieron a lo largo de los 50 años de conflicto, es una oportunidad de pedir perdón, esclarecer la suerte de los secuestrados y demostrar su seriedad en el paso de la lucha armada a la lucha política. Pero para aquellos dueños desde siempre del poder económico y político que no han hecho otra cosa que manipular la verdad a través de sus medios de comunicación, el precio es demasiado alto porque la ciudadanía les viene comiendo cuento hace muchos años. Y aceptar su responsabilidad en esta guerra significaría su descrédito y la pérdida del poder al que son adictos.

Muchos de sus antiguos aliados, que pagan hoy sus condenas, han visto las bondades de la JEP y han empezado a confesar la comisión de delitos con su complicidad y por eso tienen razón en sentir pánico estos enemigos de la implementación de los acuerdos de paz.

Y qué daño el que le harían al país si logran su cometido de mantenernos engañados y manipulados.

Los familiares de los desaparecidos tienen la necesidad imperante de conocer su suerte, quién ordenó su desaparición, su muerte, dónde están sus cuerpos. Los allegados de aquellos que fueron ejecutados dizque por terroristas, secuestradores, o narcotraficantes, solo por pensar diferente, necesitan reivindicarlos ante la sociedad. Y ellos solo pueden superar este dolor y hacer desaparecer sus sentimientos de venganza, si conocen la verdad de lo sucedido.

Las víctimas han reiterado que no les importa tanto que los victimarios paguen cárcel como conocer esta verdad, que resulta vital para que se produzca el perdón y las heridas empiecen a sanar.

Por eso hoy más que nunca debemos defender el trabajo que ha venido desarrollando el CNMH y su filosofía original.

El gobierno se ha equivocado al modificar la estructura del CNMH y añadir a su Consejo Directivo al ministro de Defensa, mediante el Decreto 502 de 2017. La Ley de Víctimas estableció que no habrá memoria oficial, y esta modificación puede ser un palo en la rueda para la autonomía académica e investigativa que requiere el CNMH.

Esta entidad ha cumplido su misión pues ha trabajado en una memoria que dignifica a las víctimas y así debe continuar. Se requiere, como ya lo piden muchas voces, que se amplíe la participación de las víctimas en su Consejo Directivo, no del Estado, pues, como lo han expresado sus directivas, su voz es el elemento central de la construcción de memoria histórica en Colombia.

Defendamos nuestro derecho a la verdad construida de manera colectiva, con las diferentes visiones de las víctimas, para poder entender la guerra, recuperar nuestra dignidad como seres humanos y lograr la anhelada reconciliación. Solo así podremos evolucionar como sociedad.



Margarita Obregón








4 de febrero de 2017

Ministro, reglamente Uber

Para quienes hemos sido frecuentes usuarios de taxis en Bogotá, descubrir el servicio de Uber fue todo un acontecimiento.

Parecían llegar a su fin aquellos días en qué en medio de la lluvia, o de las horas pico, pasábamos horas pidiendo un taxi por teléfono o desesperados en la calle levantábamos nuestra mano con la esperanza de que alguno de los amarillos se compadeciera y nos prestara su servicio.

Cuando finalmente lo lográbamos, no fueron pocas las veces en que nos recogía fijo el taxista con cara de pocos amigos, carro de regulares condiciones y casi siempre muy pequeño. Por más confianza y tranquilidad que tuviéramos, siempre anotábamos la placa, enviábamos un mensaje de texto o chat o simulábamos una llamada para decirle a alguien el número de la placa, como “seguro” en caso de atraco, paseo millonario o violación. Cómo si eso nos sirviera para algo.  

Cuando nos llenábamos de valor les indicábamos que “más despacio por favor” porque la mayoría, muy jóvenes, vuelan felices por cualquier vía con nosotros indefensos en los asientos traseros sin cinturón de seguridad y en sus pequeños carros, frágiles y mortales en caso de accidente.

Pasado el pánico inicial con algunos (o algunas) podíamos entrar en confianza y entablar conversaciones de diversa índole, ojalá no política, porque en estos tiempos de polarización es pisar terreno minado, y llegar con relativa calma a nuestros destinos finales; pero eso sí, desconfiando siempre de sus conversaciones en clave, a la espera de la aparición de sus “cómplices”.

Llegada la hora del pago, de nuevo el miedo, porque no tenían cambio, o era demasiado costoso y su taxímetro no funcionaba o estaba visiblemente alterado. Pelear no está en las cuentas de una mujer sola, en esta insegura ciudad. Si todo salía bien, la adrenalina del viaje en taxi era suficiente para todo el día. 

Por esa tortura, el descubrimiento del servicio de Uber fue un verdadero alivio en nuestra calidad de vida. Parecía mentira viajar en esta congestionada ciudad en un carro limpio, con conductor amable, sintiéndonos seguros, sin tener que abrir la billetera para pagar su servicio, con la emisora de radio de nuestro gusto o en silencio según nuestra decisión y por la ruta que se nos antojara.

Pero la dicha duró poco. Empezó una nueva guerra, los empresarios de taxis vieron amenazado su negocio y envalentonaron a sus taxistas para sacar lo peor de si, la violencia en todo su esplendor, el todo vale, las amenazas, las extorsiones, los chantajes, vidrios rotos, carros quemados, la expresión de toda esa cultura que nos dejó el narcotráfico y que es común que aflore de nuevo para resolver nuestras disputas.

Y un gobierno incapaz de obrar como tal, inepto para formular reglas justas para todos, emitiendo normas confusas e inaplicables y prohibiciones absurdas. Por el contrario, se ve arrinconado por las mafias de siempre, dándole largas a la reglamentación en serio del servicio de Uber, que aprovecha el desorden y abusa con sus astronómicas tarifas como sucedió este día sin carro en Bogotá.

Y en medio de este caos los corruptos fungiendo de policías para aprovechar la oportunidad y así perseguir y extorsionar a todo aquel que les parezca un carro Uber, para aterrorizar a aquellos ciudadanos indefensos cuyo pecado es transportar a su propia familia. 

Si queremos evitar muertos y que esta nueva guerra crezca, es urgente reglamentar el servicio de Uber. El gobierno en lugar de hacerle juego a estas mafias, debe saber que la “cuarta revolución industrial” ya llegó, preparar el país para ello y emitir la normatividad necesaria. 

Esta revolución provocada por la llamada economía colaborativa, crece a pasos gigantes y nada ni nadie podrá detenerla. Uber, Facebook, Netflix, Airbnb, son solo unos ejemplos de lo que serán los negocios en el futuro. Sus ganancias ya son extraordinarias y las empresas tradicionales de taxis, información, televisión y hotelería sienten sus devastadores efectos.

Colombia, atendiendo su modelo económico actual, debe adaptarse al cambio y adaptar las recomendaciones de la Comisión Europea en la agenda para la economía colaborativa, dada a conocer en junio pasado. Para el posconflicto el país necesita generar nuevas oportunidades de negocios y quizá una forma de dinamizar nuestra economía sea esta de los negocios colaborativos.

La empresa privada tradicional, tendrá que reinventarse, tiene la gran ventaja de tener un mercado cautivo. Su reto será adaptarse a los nuevos tiempos y seducirnos con un servicio que supere en costo y calidad al de sus nuevos competidores.
     

Margarita Obregón